Inicio Colaboradores Era un bosque encantado
ColaboradoresRelatos cortos

Era un bosque encantado

Compartir
Compartir

Este relato, un tanto oscuro y, si me permiten la expresión, con atmósfera inquietante, nos sugiere un bosque encantado. Allí, en los límites de la pequeña aldea, se alzaba aquel espeso bosque que nadie se atrevía a cruzar después del atardecer. Según comentaban, con sus labios apretados, los más ancianos del lugar, el bosque recordaba.

Así fue que, una noche oscura, sin luna, aquel joven escéptico, ya cansado de tantas supersticiones, decidió entrar en el bosque para demostrar que todo era un cuento exagerado. Llevaba consigo una linterna, una cantimplora y la arrogante convicción de que nada sobrenatural podía intimidarlo.

Apenas dio diez pasos entre los frondosos árboles, el aire cambió. El silencio se tornó tan denso que parecía absorber el sonido de sus propios pasos. La luz de la linterna parpadeó. El joven avanzó, intentando ignorar la sensación de que el bosque respiraba a su alrededor. Entonces lo escuchó. Aquel sonido no venía de ningún punto en concreto, sino de todas partes a la vez; los troncos, las hojas y las raíces murmuraban al unísono.

Vuelve… —decían—. Aún no es tu hora.

El escéptico tragó saliva. Intentó retroceder, pero el sendero por el que había entrado en el bosque ya no estaba. En su lugar, un estrecho pasadizo de árboles retorcidos se extendía hacia la oscuridad, invitándolo a seguir.

A medida que avanzaba, empezó a ver sombras que no coincidían con su figura. Algunas eran demasiado altas, otras demasiado delgadas, otras se movían con un temblor antinatural. No parecían querer atacarlo; más bien observaban, evaluaban su presencia.

Llegó a un claro iluminado por un resplandor verdoso. En el centro, un árbol hueco se abría como una boca gigantesca. Dentro, algo brillaba. Un objeto metálico, antiguo, cubierto de polvo. El joven lo cogió sin pensar.

El bosque rugió. Las ramas se cerraron, las raíces se retorcieron, el suelo vibró. El joven muchacho comprendió, demasiado tarde, que aquello que había cogido no era un objeto perdido, sino un recuerdo que el bosque había ocultado. Y el bosque, ahora, quería recuperarlo.

Corrió, tropezó. La linterna cayó al suelo y se apagó. Las sombras lo siguieron, cada vez más cerca, cada vez más definidas. Cuando por fin vio la salida del bosque, el amanecer teñía el cielo de rojo. Pero al cruzar el límite, se dio cuenta de que algo había cambiado. El objeto metálico había desaparecido de su mano. Y su sombra… ya no le seguía. Se quedó dentro del bosque, moviéndose sola, como si aún caminara entre los árboles. Desde entonces, el joven evita mirar su propio reflejo. No porque tema lo que verá, sino porque teme lo que no verá.

Aun así, el bosque no dejó que el joven escéptico celebrara su aparente escape. Apenas dio unos pasos fuera del límite de los árboles, un frío antinatural le recorrió la espalda, como si algo invisible hubiera cruzado junto a él. Una parte de él se había quedado atrás.

Esa misma noche, al llegar a casa, evitó encender las luces. No quería ver su reflejo en los espejos. No quería comprobar si la sombra seguía sin acompañarlo. Pero mientras intentaba dormir, escuchó un sonido que lo dejó helado por completo: un murmullo idéntico al que había escuchado dentro del bosque, pero dentro de su habitación.

Devuélvelo…

El joven escéptico se incorporó de golpe. No había nadie. Sin embargo, el aire vibraba como una presencia que no necesitaba forma para hacerse notar. El bosque no lo había dejado ir. Lo estaba siguiendo.

Durante los días siguientes, las cosas empeoraron. Las luces parpadeaban cada vez que él entraba en una habitación. Los perros del pueblo ladraban al verlo pasar. Y cada vez que caminaba bajo el sol, podía sentir cómo la luz lo atravesaba sin proyectar nada detrás de él. Parecía no pertenecer del todo al mundo de los vivos.

Una tarde, mientras intentaba convencerse de que todo era psicológico, escuchó golpes en la puerta. Tres golpes secos, espaciados, como si quien llamara tuviera prisa. Al abrir, no había nadie. Solo un rastro de hojas secas que formaban un sendero en dirección al bosque.

Y entonces lo vio.

Su sombra estaba allí, al borde del camino, recostada contra los árboles. No imitaba sus movimientos. No lo estaba esperando. Lo estaba observando. Y levantó un brazo, señalando hacia el interior del bosque, como quien invita a alguien a regresar a casa. El joven comprendió que no tenía elección. El bosque no quería castigarlo. Quería completarlo. Y la única forma de recuperar la que había perdido era regresar.

Con el corazón golpeándole el pecho, dio un paso hacia la sombra. Ella dio un paso atrás, adentrándose entre los árboles. Y el bosque, satisfecho, abrió un sendero que no existía la noche anterior.

El muchacho cruzó el umbral del bosque con la respiración contenida, como si cada paso pudiera despertar algo que dormía bajo tierra. Su sombra avanzaba unos metros por delante, moviéndose con una fluidez que no imitaba la suya. No era un reflejo, era un señuelo.

El bosque lo recibió con disimulo. Las ramas de los árboles se fueron cerrando detrás de él, sellando la salida. El aire se tornó espeso, cargado de un olor a tierra húmeda y hojas podridas. No era el mismo bosque que había visto la primera vez. Este parecía estar más vivo, más atento, como si hubiera estado esperando su regreso.

La sombra se detuvo frente a un árbol gigantesco, tan antiguo que su corteza parecía piel arrugada. En su tronco había una grieta vertical, estrecha pero profunda, de la que emanaba un tenue resplandor. El muchacho sintió un fuerte tirón en el pecho. Como si algo en su interior reconociera ese lugar.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó, aunque sabía que el bosque no necesitaba palabras.

La sombra levantó la mano y la apoyó sobre la grieta. El resplandor se intensificó. Y entonces el joven escéptico lo vio; dentro del árbol, como suspendido en ámbar oscuro, había un objeto metálico idéntico al que había cogido. Estaba completo, sin grietas ni polvo. Brillaba con una luz que parecía latir.

El bosque habló sin voz, pero con una claridad que le heló la sangre:

No robaste un recuerdo, robaste un fragmento de ti mismo.

El muchacho retrocedió, mareado. Las piezas encajaron de golpe. El objeto que había cogido no era un artefacto antiguo. Era un pedazo de su propia historia, algo que había olvidado, o que había querido olvidar, y que el bosque había guardado para él.

La sombra se volvió hacia él. Por primera vez, imitó su postura. Y el joven escéptico comprendió que no recuperaría su sombra hasta enfrentar aquello que había dejado atrás. Se acercó al árbol. El resplandor lo envolvió. Y cuando tocó el objeto, una oleada de imágenes lo golpeó: un rostro que no recordaba, un grito ahogado, una noche de tormenta, una promesa rota. Algo terrible que había enterrado tan profundo que su mente lo había borrado.

El bosque no lo castigaba. Lo obligaba a recordar.

El muchacho cayó de rodillas, temblando. La sombra se acercó, fusionándose lentamente con sus pies, subiendo por sus piernas. Cuando abrió los ojos, el bosque estaba en completo silencio. Pero no era un silencio amenazante. Era un silencio expectante.

Aún faltaba algo. El bosque quería que el joven escéptico hiciera algo más con ese recuerdo recién recuperado. Y él, con el corazón latiendo como un tambor, entendió que el auténtico viaje apenas había comenzado.

Compartir
Escrito por
José María Ibáñez

Escritor e investigador de temas relacionados con los enigmas y misterios de la Historia. En la actualidad dirige y presenta el programa La Realidad Oculta en Radio Balear, colabora en esRadio Baleares con La Mano Negra, sección semanal dedicada a las crónicas negras, enigmas, misterios y curiosidades y dirige el blog de investigación La Realidad Oculta (balearoculta,blogspot.com). Ha publicado los siguientes libros: El Delfín y la Estrella. Vida de Antonio Ribera (Tot Editorial. Barcelona. 1995), Enigmas y Misterios. 13 Lugares Malditos (Es Ediciones. Madrid. 2009), 13 Profecías Ocultas (Es Ediciones. Madrid. 2009), Los Correctores del Destino, el rumor no siempre está equivocado (La Niebla Ediciones. Mallorca. 2011), en colaboración con Vicenç Zanón, Templarios en Mallorca (Ediciones Dédalo. Barcelona. 2013), en colaboración con Juan Manuel Ruíz Fernández, y La vuelta a Mallorca en 80 rutas (Editorial Gâlata Books. Mallorca. 2017), La vuelta a Mallorca en 80 rutas -Segunda edición, ampliada y actualizada- (Anima Ignis Ediciones. Madrid. 2021) y La Mano Negra (Anima Ignis Ediciones. Madrid. 2023).

COMENTA LA NOTICIA

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Noticias útiles

La guía que todo adolescente debería leer antes de salir de fiesta este verano

Ha llegado el verano. Con él llegan también las fiestas de fin de curso, las graduaciones, las primeras salidas nocturnas con amigos y...

Calendario del Mundial (Hora española)

La fase de grupos del Mundial 2026 arrancará este jueves 11 de junio a las 21 horas con el partido inaugural entre México...

Los días festivos de 2027 en Baleares

El Consell de Govern aprueba el calendario de festivos de les Illes Balears para 2027

Este es el calendario de días festivos de 2026 en Baleares tras Año Nuevo y Reyes

La Consejera de Trabajo, Función Pública y Diálogo Social del Govern de las Illes Balears ha publicado oficialmente el calendario laboral general y...

Artículos relacionados

Campeones por derecho propio

Nadie, absolutamente nadie, ni siquiera en Buenos Aires, Mar del Plata o...

Yo quiero mi anillo

Yo quiero un anillo de esos. Yo quiero un anillo ‘a lo...

A pesar de la FIFA

Infantino, el presidente de la FIFA, ojalá que por pocos días, se...