«Un punto no vale para nada» solía afirmar el añorado Luis Aragonés en tiempos pretéritos de otro Mallorca que invitan a la nostalgia. El que se repartieron ayer dos equipos muy alejados de la categoría que perdieron hace solo cinco meses es el justo premio a lo poco que ambos hicieron, nada; precisamente ese espacio hueco e infinito que, en el mejor de los casos, solo ocupa el aire.
Luis García Fernández ha tardado siete jornadas en cambiar de dibujo, aunque no de idea. Intentó jugar inútilmente con dos puntas pero sin extremos, un evidente contrasentido. Reforzó el primer cuarto de territorio con la presencia de John por delante de los centrales a quienes tuvo que apoyar en bastantes ocasiones, además de cuidar la espalda de Puigmal, siempre superado por Álex Moreno dueño absoluto de su banda hasta que el disciplinado Adrián Liso le sustituyó para colocar un semáforo en la misma.
Apuntalada la muralla al amparo de un Arnau Tenas sobresaliente, todo lo demás era un desierto del que esporádicamente emergía Pablo Torre, voluntarioso pero ineficaz en las proximidades del área. Al menos más activo que Álex Sala, desaparecido en combate y exclusivamente dedicado al lanzamiento de los córners que siempre controló la defensa local.
Eso de jugar al fútbol iniciando desde atrás, olvídenlo. La pelota pasa en línea horizontal de un defensor a otro para terminar retrasando a portero para que trate de salvar las vallas enemigas de un pelotazo inalcanzable ante la falta de movimientos capaces de abrir algún pasadizo y mucho menos desmarques de ruptura que adviertan al adversario del peligro.
El empate señala fielmente los deméritos de cada equipo. Tanto uno como el otro desconfiado de sí mismo y más atento a no perder que a ganar, síntoma claro de la mediocridad latente que no desaparece ni bajo el lema protector del punto compartido.
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