Su fachada, de piedra, luce muy envejecida por el inexorable paso del tiempo. La verdad sea dicha, son muy pocos los que conocen su existencia y menos todavía los que, al parecer, se atreven a cruzar el umbral de la puerta. Añadir que, su situación, en aquel estrecho, oscuro y apenas transitado callejón, no invita, digamos, a la gente normal a caminar por él. Nos estamos refiriendo a la tienda de antigüedades donde, un descolorido y ajado cartel de hierro forjado que chirría cuando sopla el viento, nos da la bienvenida. Pasen y vean.
Para acceder al interior del establecimiento, nos vemos obligados a recorrer un angosto y apenas iluminado pasadizo, que discurre entre polvorientas vitrinas, donde se exponen gran variedad de piezas que atesoran entre sí mil y una historias y aventuras que nos transportan a épocas muy remotas, algunas totalmente olvidadas; elegantes relojes de pared y de bolsillo con sus manecillas siempre señalando las 17:40 horas; refinados candelabros de alabastro con evidentes restos de cera negra; un espejo plateado que, de vez en cuando, refleja mucho más de lo que resulta visible; parejas de muñecos y muñecas, juntos, pero no revueltos que, de forma totalmente descarada se mueven y siguen con la mirada a los visitantes.
Cruzar el umbral de la puerta es como introducirse en otro mundo. En todos los rincones de la tienda vemos objetos únicos en su especie, algunos bastante extraños o fuera de lugar; una brújula que nunca señala al norte, libros encuadernados con piel humana, cuyos títulos desaparecen al abrirlos; una cabeza parlante que guarda silencio o una colección de figuras talladas en madera oscura que se mueven o cambian de posición cuando alguien deja de mirarlas. Una pareja de relojes de péndulo que marcan el paso del tiempo de forma independiente; una colección de pequeños espejos de tocador que muestran reflejos lejanos, como si capturaran ecos de instantes pasados.
Sobre el descolorido mostrador de madera una pequeña, delicada y coqueta vitrina de cristal. Allí se expone, a buen recaudo, un antiquísimo libro de hechizos encuadernado en cuero negro desgastado. A su lado una bola de cristal que, se dice, contiene visiones de futuros imposibles. Algunos de los objetos expuestos en la tienda, me cuentan, están imbuidos de un poder misterioso y desconocido. Un viejo candil, por ejemplo, que promete iluminar los secretos más oscuros, mientras que un elegante espejo de la época victoriana, siempre cubierto con una tela de seda negra, se dice que refleja el verdadero yo de quien se atreve a mirarse en él.
Este espejo, según los manuales de historia no escrita, habría pertenecido a una poderosa hechicera. Se dice que podía ver el futuro a través de él y que, en su reflejo, se mostraban importantes eventos del pasado, del presente y del futuro. Sin embargo, la hechicera desapareció misteriosamente dejando tras de sí aquel espejo, con su inquietante aura de belleza y poder.
Todos los rincones de aquella tienda de antigüedades están impregnados de un suave aroma de incienso. Las sombras, por su parte, interpretan danzas imposibles bajo la tenue luz de una extraña lámpara de aceite que cuelga de aquella irregular techumbre.
El propietario de este, digamos, extraño gabinete de curiosidades, es un anciano de semblante hermético. Sus ojos parece que ven más allá de lo evidente y siempre habla con un tono muy pausado, como si cada palabra pronunciada conllevara una gran responsabilidad. Me dicen que, el anciano propietario no ha comprado ninguno de los objetos que tiene expuestos en la tienda. Los rumores apuntan a que, simplemente, aparecen en el sitio que les corresponde como por arte de magia, atraídos por una fuerte energía invisible.
También me cuentan que, por los oscuros rincones del barrio algunos todavía siguen murmurando que, cualquier objeto comprado en aquella tienda de antigüedades, tiene la obligación de regresar a ella cuando ya no sea deseada. Que los objetos tienen vida propia, me comentaba el viejo anticuario. Siempre encuentran el camino de vuelta, ya sea por libre elección o por exigencias del guion.
Pero, a pesar del misterio o, tal vez, gracias a él, hay algo fascinante en aquella tienda de antigüedades propiedad de aquel anciano de semblante hermético que, como norma, siempre atrae a las almas más curiosas, aquellas que no se conforman con lo más evidente y que ven el mundo como un misterio infinito pendiente de explorar.
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