Abandonada desde hace muchos años, nadie se atreve a acercarse a la antigua comisaría. El edificio de piedra ennegrecida, con sus puertas y ventanas completamente destrozadas, se alza como un testigo mudo de unos sucesos que la ciudadanía ha preferido olvidar. Durante el día, el enclave parece una ruina más, pero por la noche, las oscuras dependencias parecen cobrar vida.
Los vecinos más cercanos hablan de gruñidos, arrastrar de pasos, portazos secos y susurros varios, que se cuelan por los resquicios de puertas y ventanas. Algunos testigos aseguran haber presenciado extrañas sombras que entran y salen de las celdas vacías, donde, por cierto, ya no quedan barrotes. Lo más escalofriante es, sin duda, el sonido de las llaves girando en cerraduras que ya no existen.
La historia que todos evitan contar, me dice el hijo del boticario mientras desayunamos, es la del último preso, el asesino del río. Había sido capturado tras cometer una serie de crímenes brutales y encerrado en la celda número siete. La noche antes del traslado a la cárcel del condado a la espera de juicio, los tres agentes que lo custodiaban fueron hallados sin vida. Sin señales de lucha, sin heridas visibles. Ta solo con los ojos abiertos y una expresión de espanto en sus caras. El prisionero había desaparecido. La celda, vacía, estaba cerrada por dentro.
Desde entonces, oficialmente, que se sepa, nadie ha vuelto a entrar. La comisaría fue clausurada, pero los ruidos extraños continúan. Algunos opinan que el asesino jamás abandonó la comisaría. Otros creen que “algo” lo había liberado. Lo cierto es que cada madrugada, a las 2:18 horas, el reloj de la fachada principal del edificio, estropeado desde hace muchos años, vuelve a señalar la hora exacta en la que murieron los tres agentes policiales- Y si uno se acerca lo suficiente, oye una voz muy baja, casi un suspiro, que dice: “Todavía falta uno”.
El inspector jefe de la moderna comisaría situada en el centro de la gran ciudad, no creía en fantasmas. Llevaba más de treinta años resolviendo crímenes por los rincones más oscuros y ocultos del país, y estaba convencido de que todo tenía una explicación lógica. Pero cuando recibió aquella misiva anónima, escrita con tinta roja y sin remitente, algo se removió en su interior. “La celda número siete, ya está vacía. Vuelva antes de que sea demasiado tarde”.
Se da la casualidad, o causalidad, vayan ustedes a saber, que el inspector jefe fue uno de los agentes que había capturado, años atrás, al último prisionero, el asesino del río. Lo conocía bien, era frío, calculador, con una mirada que diseccionaba el alma. El día que desapareció, el inspector jefe estaba de servicio, formando parte de un importante operativo. Siempre se culpó por ello.
Sin miedo a nada, con la linterna en una mano y la grabadora en la otra, cruzó el umbral de la puerta principal de la abandonada comisaría. Eran las 2:18 horas de la madrugada. El ambiente olía a cerrado, óxido, humedad. Cada paso que daba dejaba impresa su huella en el polvoriento suelo, que resonaba como si el edificio jadeara. Las celdas estaban vacías, y la puerta de la siete, estaba entreabierta, dentro no había nadie. Solo una vieja silla de metal, una cadena rota y en la pared, escrito con lo que parecía sangre seca. “Él no se fue. Yo sí”.
El inspector jefe puso en marcha la grabadora. En ese mismo instante, la linterna se apagó. La puerta del pasillo, a sus espaldas, se cerró con un golpe seco. Y entonces, comenzaron los lamentos, los gritos ahogados, el sonido inconfundible de uñas arañando las descoloridas paredes. La grabadora empezó sola a reproducir. Aquella voz no era la suya: “Llegaste tarde”.
Aunque de esta historia, al parecer, existe otra versión. Nos pondrá en antecedentes nuestro buen amigo el buscador de historias imposibles. El inspector jefe era el único que no había muerto o desaparecido. Recibió una nota anónima que contenía una sola frase escrita a mano. “Tienes que terminar de escribir el informe”. En aquel instante supo que había llegado el momento de regresar a la comisaría.
Entró en el edifico abandonado, con su placa oxidada colgando del cuello y su revólver descargado. El aire era más frío de lo normal, y una sensación de estar siendo observado lo envolvía. No por una cámara de vigilancia, sino por algo mucho más profundo, por recuerdos que se negaban a olvidar.
En su antiguo despecho, abierto sobre la mesa, había un expediente. Al pasar las hojas, vio anotaciones que él nunca había escrito y, al final, un dibujo infantil de una figura sin rostro junto a una casita con barrotes en las ventanas.
La luz de la linterna se apagó. El teléfono sonó. Descolgó.
“Inspector ¿ha vuelto usted a acabar de escribir el informe?, dijo una voz entrecortada. Parecía proceder de un aparato de radio con la emisora mal sintonizada.
El inspector jefe quiso responder, pero se dio cuenta de que el sonido de su voz se negaba a salir de su boca. En ese momento comprendió que la comisaría no era solo un lugar abandonado, sino un archivo viviente que exigía cerrar de una vez por todas sus antiguas historias. Y que él, al regresar, se había convertido en el último caso sin resolver.
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