El caserón estaba rodeado del más completo silencio; tan profundo que hasta los suaves crujidos de la madera pasaban totalmente desapercibidos. La joven literata ya estaba más que acostumbrada a esta calma nocturna, pero aquella noche algo la despertó bruscamente. Un murmullo apenas audible, como una especie de roce de palabras que no querían ser escuchadas.
Se levantó de la cama con la certeza de que no estaba sola. El ambiente era más frío de lo normal y las sombras se alargaban hacia ella. El susurro volvió, esta vez mucho más claro, como si alguien pronunciara su nombre desde el rincón más oscuro de la habitación.
Alguien o algo pronunció su nombre. El corazón le golpeó el pecho. No se trataba de un eco, no se trataba de su imaginación. Era una voz; una voz que no pertenecía a nadie que ella conociera.
Avanzó por la habitación con pasos temblorosos, hacia el pasillo. La penumbra la envolvía y el susurro se repetía, cada vez más cerca, cada vez más insistente. No pedía nada, no ordenaba nada, solo estaba allí, como un recordatorio de que la oscuridad también tenía dueño.
Cuando alcanzó el final del pasillo, la lámpara que portaba en su mano parpadeó. Por un instante, la tenue luz reveló una silueta alta, delgada, con un rostro imposible de distinguir. Y entonces comprendió que el susurro no venía del exterior, sino de su propio interior. La oscuridad no la observaba, la habitaba.
La joven literata retrocedió unos pasos; el pasillo parecía mucho más largo de lo que ella recordaba. La silueta, como el parpadeo de la lámpara, se desvaneció, y el susurro se transformó en un murmullo constante, como si cientos de voces hablaran al mismo tiempo; todas en el interior de su cabeza.
Intentó taparse los oídos, pero el sonido no procedía del exterior. Era interno, íntimo, como si la oscuridad hubiera encontrado un hueco en su mente para instalarse. Cada palabra era un fragmento de recuerdos que no quería revivir: acaloradas discusiones con su madre, secretos que nunca llegaría a confesar, miedos que había sepultado.
En realidad, el susurro no estaba inventando nada. Solo le estaba devolviendo lo que ella había querido olvidar.
“Nunca estás sola”, dijo la voz, ahora clara, firme, como si hubiera tomado forma.
La joven literata corrió hacia la puerta principal, pero al abrirla se encontró con el mismo caserón, el mismo pasillo, la misma lámpara parpadeante. La salida no existía. La oscuridad la había encerrado en un laberinto de sí misma.
El susurro se transformó en risa. Una risa amortiguada, contenida, que vibraba por todos sus huesos. La muchacha comprendió que no podía huir; la que susurraba no era una intrusa. Era ella. Era la parte de sí misma que había estado esperando pacientemente en silencio, hasta que la noche fue lo bastante profunda para reclamarla.
Y entonces la lámpara se apagó.
La joven comenzó a hablar sola. Al principio eran frases cortas, vanos intentos de convencerse a sí misma de que todo era un sueño. Pero pronto sus palabras se mezclaron con los susurros, como si respondiera a alguien que realmente no estaba allí.
“No, no eres real”, murmuraba la joven literata, mientras sus manos temblaban apoyadas en la pared.
“Soy más real que tú”, contestaba la voz, aunque la muchacha no sabía si realmente la escuchaba o la inventaba.
El pasillo se deformaba ante sus ojos. Las puertas de los laterales parecían multiplicarse, todas idénticas, todas cerradas. Intentó abrir una, pero detrás solo había otra puerta, y otra; y otra más. Cada intento la llevaba de nuevo al mismo lugar, como si el caserón se burlara de ella.
El susurro se convirtió en coro. Voces de niños, de ancianos, de desconocidos. Todas a la vez repetían su nombre, todas reclamaban su atención. La joven se tapó los oídos, pero entonces vio que sus propias manos estaban llenas de palabras, de líneas negras que se dibujaban sobre la piel, de frases que no podía leer del todo, pero que ardían como fuego.
Se miró en el espejo del pasillo, a hurtadillas. Su reflejo no la miraba. La joven del espejo sonreía, con los labios moviéndose en silencio. El miedo se transformó en certeza; la oscuridad no la estaba atrapando, la estaba deshaciendo, borrando capa a capa, hasta que solo fuera otra joven literata, la que susurraba en la oscuridad, la que siempre había estado esperando.
La joven literata gritó, pero su voz ya no sonaba como la suya.
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