La obesidad no solo incrementa el riesgo de desarrollar cáncer, sino que puede potenciar la agresividad de los tumores y favorecer su reaparición. Así lo exponen Pere Miquel Morlà, Jorge Sastre, Mercedes Nadal y Pilar Roca, investigadores del Departamento de Biología Fundamental y Ciencias de la Salud de la Universitat de les Illes Balears, en un artículo publicado el 27 de febrero de 2026 en The Conversation.
Los autores comparan los tumores con incendios que se expanden dentro del cuerpo humano, un ecosistema complejo y dinámico. En condiciones normales, el organismo y los tratamientos médicos actúan como mecanismos de contención. Sin embargo, cuando intervienen factores como la obesidad y hábitos de vida poco saludables, el proceso se intensifica, dificultando el control de la enfermedad.
La obesidad se ha convertido en una de las grandes pandemias del siglo XXI, con una prevalencia creciente, especialmente en países desarrollados. Según la Organización Mundial de la Salud, desde 1975 su incidencia casi se ha triplicado a nivel global. Esta condición no solo afecta a la calidad de vida, sino que se asocia a enfermedades crónicas como la diabetes tipo 2, patologías cardiovasculares y diversos tipos de cáncer.
Inflamación crónica y mayor agresividad tumoral
El vínculo entre obesidad y cáncer es cada vez más evidente. Diversos estudios han demostrado que las personas con obesidad presentan un mayor riesgo de desarrollar tumores más agresivos y con peor respuesta a los tratamientos.
La acumulación y disfunción del tejido adiposo generan un entorno inflamatorio crónico que favorece la proliferación celular descontrolada y dificulta la muerte natural de células dañadas, dos características propias del cáncer. Además, la obesidad se asocia a niveles elevados de estrógenos, insulina y citocinas inflamatorias, factores que pueden acelerar la propagación tumoral.
En este contexto, los investigadores subrayan la vigencia de la reflexión atribuida a Hipócrates —“Que tu alimento sea tu medicina y tu medicina sea tu alimento”— para insistir en que la obesidad no puede considerarse una mera cuestión estética, sino un problema de salud pública de gran magnitud.
El papel de las células senescentes
Las investigaciones recientes apuntan a que uno de los mecanismos que podría explicar el peor pronóstico en pacientes con obesidad es la acumulación de células senescentes en los tumores. Aunque la senescencia tiene como función original frenar el crecimiento de células dañadas o peligrosas, su acumulación prolongada puede resultar perjudicial.
Como señaló Paracelso en el siglo XVI, “Todo es veneno y nada es veneno, solo la dosis hace el veneno”. En el caso del cáncer, estas células senescentes actúan como focos persistentes que liberan sustancias inflamatorias, favoreciendo el crecimiento tumoral y reduciendo la eficacia de los tratamientos.
Asimismo, el tejido que rodea al tumor, conocido como tejido peritumoral, se perfila como una pieza clave para comprender las alteraciones provocadas tanto por el cáncer como por la obesidad. Este entorno alterado puede facilitar la recaída, ya que crea un microambiente propicio para que las células tumorales resurjan.
Biomarcadores y nuevas vías de investigación
El tejido peritumoral comienza a reconocerse como una fuente potencial de biomarcadores que permitirían predecir recaídas y entender mejor cómo la obesidad influye en la progresión del cáncer.
Los autores recuerdan también la reflexión de Henry David Thoreau —“No es lo que miramos lo que importa, es lo que vemos”— para subrayar la necesidad de profundizar en las interacciones menos visibles entre obesidad y cáncer.
Según concluyen, comprender el papel de la obesidad en la acumulación de células senescentes y en la alteración del entorno peritumoral podría abrir nuevas estrategias para mejorar la prevención, el tratamiento y la reducción de recaídas en pacientes oncológicos.
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