Durante la mayor parte del primer tiempo el Mallorca se pareció demasiado al de siempre. Se puso por detrás en el marcador en otra de las jugadas casi siempre intrascendentes que cobran importancia debido a la flaqueza de sus laterales, Mojica en esta oportunidad, y la enorme distancia entre los centrales que, como la mayoría de sus compañeros, esperan la llegada de la pelota en lugar de atacarla o ir a por ella. Como única contrapartida, un barullo con Dimitrovic por los suelos que ni Valjent ni Joseph supieron resolver, a cambio de otra en el área propia que Leo Román salvó ante un cabezazo involuntario del autor del gol.
Demichelis había tomado ya la primera de sus decisiones sobre la marcha, intercambiando las posiciones de Valjent y Raíllo. No sería la única después de repetir la formación de Pamplona sin tener muy en cuenta la diferencia de rival y campo. A estas alturas del guion Morlanes no va a demostrar más de lo que ya hemos visto, Pablo Torre carece del peso suficiente para cargarse el equipo a su espalda y Muriqi no puede ejercer de criado y señor a la vez. Alcanzar el intermedio con una desventaja mínima permitía pero, sobre todo, exigía más acción que la de desperdiciar el avance del cronómetro en inútiles pases horizontales de una banda hacia la otra y vuelta a empezar.
El marcador adverso y la seria amenaza del descenso obligaban a tomar medidas. La angustia y la ansiedad, malas compañeras, fuerzan soluciones que la razón no halla, igual que el corazón impulsa decisiones ajenas al pensamiento. El negro horizonte del paisaje justifica echar mano hasta del mismísimo Kalumba, primero a la derecha, después en la izquierda, o retirar a los laterales para echar el resto en ataque en busca de bombardear, con acierto o sin él, la muralla construida por un enemigo en inferioridad. El castigo a Jan Virgili de hace una semana en El Sadar planeaba sobre la jaula de los periquitos tras la cartulina encarnada a uno de sus guardias.
Sergi Darder apareció para imponer sentido común en medio del caos ofensivo y el repliegue defensivo. Si no era suficiente, ahí estaba, aunque fuera Luvumbo, para agitar el asedio y el ambiente. Samu se erigió en improvisado delantero centro, otra vez, y Mascarell le vio. El pasional portugués saca la cabeza sobre la línea plana del resto de su equipo. La de Muriqi no estaba como recurso habitual. A falta de fútbol, arrestos. Sin cerebro, voluntad. Medidas en pleno desespero porque ganar, ganar y ganar disfraza la mediocridad de buen juego y hasta despierta la fe.
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