Nunca he sido de ponerme faroles, ni de ir de pitoniso. Ya he explicado en múltiples oportunidades que jamás he rellenado una quiniela. Reconozco, eso sí, los síntomas de un desastre y aviso en cuanto los detecto o presumo, aceptando el riesgo de equivocarme.
Advertí durante toda la temporada sobre la amenaza del descenso y, como siempre, esgrimí los argumentos que la avalaban. De la misma manera he dejado por escrito en este mismo blog, el desprecio que el principal accionista del Mallorca y sus discutidos y más que discutibles ejecutivos sienten por el mallorquinismo que los sustenta y todo lo que apunta a mallorquín.
La recién presentada campaña de abonados ha vuelto a acreditar mis temores entre la sumisión de la afición rendida y la indignación de la resignada. No hay una sola razón por la que un abono para la temporada 2026-27 en Segunda División cueste más en Son Moix que en Montilivi o el Nuevo Carlos Tartiere, los otros dos escenarios del descenso. Más aún, no la hay para que los dos partidos de «play off», si llegan a disputarse, incluyan un recargo obligatorio a pagar incluso en caso de no superarlos.
Miren, agachar la cabeza ante cualquier atropello al amparo del manual inexistente de buen mallorquinista no responde a sentimiento alguno, solo sirve para que lo cometan. Un señor muy rico de Arizona, con negocios en Miami y una sociedad en Delaware, paraíso fiscal americano, no se imbuye de ningún sentimiento ajeno de la noche a la mañana y unos empleados a sueldo, aún menos. No han asumido la menor responsabilidad de su nefasta gestión, al contrario de lo que afirman, de la que, por añadidura, presumen ante la audiencia de público, medios y autoridades.
Si no han tenido ustedes suficientes pruebas de todo ello, no se preocupen; vendrán más. El Mallorca no es sino un club invadido a golpe de talonario cuya masa social forma parte de la coartada y de la conquista.
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