Martín Demichelis lo repite desde hace tiempo y no le falta razón: «Dependemos de nosotros». Lo malo o lo bueno es que, a excepción del Real Oviedo, virtualmente descendido, el Levante y el Alavés, que van por detrás, el Girona, el Elche, el Espanyol e incluso el Sevilla, también dependen de sí mismos. No exactamente, este último también dependía del Atlético de Madrid y la Real Sociedad, de la final de Copa para ser precisos, y le cayó el premio de consolación.
Los resultados que se vayan a dar en las tres jornadas que le quedan al campeonato, sin duda uno de los peores que recuerda la historia, son impredecibles por imprevisibles y no dependen solamente de cada uno de los equipos implicados. A saber con qué resaca saldrá el Barça a Mendizorroza, cómo afrontará el Rayo Vallecano sus enfrentamientos con el Alavés y el Girona o la Real Sociedad y el Athletic, hundido por el Valencia, o el Osasuna contra el Espanyol. El talante que acompañará al Ramón Sánchez-Pizjuán al ruinoso Real Madrid del Nou Camp Nou, entre el paréntesis de visitas a Villarreal y Vigo que aguarda a los de Luis García Plaza. Y todo eso sin contar con las designaciones arbitrales, antes de las cuales el expresidente del Mallorca, Miquel Contestí, no rellenaba su quiniela semanal.
Pues no. Por desgracia, en el fútbol español uno solo depende de sí mismo antes de la primera jornada de liga. El orden de los factores altera el producto en grado sumo. La extrema desigualdad en el reparto de los derechos audiovisuales, las horas y las fechas, las palancas y los presupuestos, sin olvidar el trabajo de los directores deportivos desde finales del mes de mayo a mediados de agosto, hasta el primer o segundo domingo de septiembre para más inri. No hay clasificación que deje de sufrir las consecuencias de tamaño cóctel.
A partir de este martes, el antepenúltimo acto de esta comedia bufa como metáfora de la vida: el pez grande se come al chico, no hay alegría en casa del pobre y todos dependen de algo o alguien.
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