Será que Pablo Ortells, director de fútbol del Mallorca, entiende que su destierro a Son Bibiloni, donde ha sentado sus reales, es una forma de «asumir la responsabilidad» que ahora descarga parcialmente sobre Demichelis como si el recién llegado técnico argentino, que ya tiene la suya en el drama, tal vez tragedia, del descenso, conociera la Segunda División española más que la primera categoría del béisbol cubano.
Dicta la prudencia que saber guardar silencio es una virtud excelente y signo de sabiduría, porque cada vez que abren la boca, aunque sea para soltar cuatro tópicos que no significan ni conducen a nada, indignan todavía más al mallorquinismo herido que les sirve de coartada. Que el presidente Andy Kohlberg cree en los «proyectos a medio y largo plazo» podría ser cierto en caso de que, efectivamente, existiera un simple atisbo de proyecto. En el mejor de los casos sería a larguísimo vencimiento, dado que ya han transcurrido diez años sin que siquiera se haya insinuado algo parecido al desarrollo de una idea.
Pero mientras el CEO, Alfonso Díaz, que permanece en las oficinas de Son Moix buscando eventos para promocionarse a sí mismo, negro tiene que ver el panorama, su compañero de equipo argumenta que lo ocurrido sirve para «seguir aprendiendo». Suspendieron los parciales, el final de fin de curso, la repesca de septiembre y pretende continuar sus estudios a costa de la benevolencia del tribunal de seguidores que ya se ha cansado de ver las mismas caras en cada pupitre.
Ha declarado el castellonense a la agencia EFE que tras la debacle pensó 27.000 cosas entre las que, por supuesto, no estuvo la posibilidad de dimitir. ¡Qué casualidad! Por el contrario, asegura haber recuperado la ilusión que, cabe deducir, será la que él y sus compinches han sustraído a quienes aman el club por encima de ejecutivos, financieros, comerciales, asalariados, especuladores, inversores y otras gentes de buen vivir.
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