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La sombra que te persigue

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La sombra empezó a seguirte el día en que dejaste de mirar atrás. Ese es un detalle que casi todos pasan por alto. Las sombras no nacen, se despiertan cuando alguien decide ignorarlas.

Al principio era tan solo un contorno tímido, pegado a tus pasos como cualquier otra sombra obediente. Pero tú notaste algo distinto; no coincidía con los movimientos de tu cuerpo. Era más alta, más delgada, y se movía con un leve retraso, como si necesitara recordar cómo imitarte.

Cada noche, cuando cerrabas la puerta de tu habitación, la sombra se quedaba al otro lado, quieta, esperando. Y cada mañana, cuando salías a la calle, la encontrabas ya allí, apoyada contra la pared, como si hubiera pasado horas ensayando la postura perfecta.

Con el tiempo empezó a adelantarse. Caminaba unos pasos por delante de ti, marcando el ritmo, obligándote a seguirla. A veces se detenía en alguna esquina donde tú no tenías pensado girar, y aun así girabas. Otras veces señalaba con un brazo delgado, largo y oscuro lugares que preferías evitar, pero acababas cediendo.

Una noche, cansado de su insistencia, decidiste enfrentarte a ella. Te plantaste bajo la farola que más iluminaba la calle, esperando que la luz la borrara. Pero la sombra no desapareció. Al contrario, se volvió más nítida, más sólida, como si la luz la alimentara.

—¿Qué quieres de mí? —susurraste, aunque sabías que las sombras no hablan.

Y entonces comprendiste que sí lo hacen, pero no con palabras. La sombra dio un paso hacia ti y se pegó a tus pies, a tus manos, a tu espalda. No para atraparte, sino para recordarte algo que habías intentado olvidar; todo lo que habías dejado sin resolver, todo lo que habías evitado mirar de frente.

No te perseguía para asustarte. Te seguía porque no podía avanzar sin ti. Esa noche, por primera vez, caminaste junto a ella. Y la sombra, satisfecha, dejó de adelantarse. Ya no guiaba tus pasos; simplemente te acompañaba.

La sombra no esperó a que hablaras. Se deslizó a tu alrededor cual animal que reconoce por fin a su dueño. Y tú, sin saber por qué, sentiste que el aire se espesaba, como si el mundo contuviera la respiración.

Esa noche caminaste junto a ella. No delante, no detrás. A su lado. Y fue entonces cuando la sombra cambió. Primero, dejó de imitarte. Ya no repetía tus gestos con ese retraso inquietante. Ahora se movía con una fluidez propia, como si hubiera estado esperando ese permiso durante años. Sus bordes, antes temblorosos, se volvieron nítidos. Su forma, antes incierta, empezó a definirse.

Y lo más extraño. Ya no era más alta que tú. Era exactamente de tu tamaño. Mientras avanzabais por la calle vacía, la sombra se detuvo frente a un escaparate apagado. Tú también te detuviste. El cristal reflejaba tu figura, pero no la suya. En el reflejo, estabas solo. La sombra levantó una mano, su mano, y la apoyó sobre el cristal. No para tocarlo, sino para señalarte tu propio reflejo. Y entonces lo entendiste; no te estaba mostrando lo que eras, sino lo que habías dejado de ser.

Un recuerdo olvidado te atravesó como un relámpago. Una promesa rota. Una decisión aplazada. Un miedo que habías enterrado tan hondo que no sabías que seguía vivo. La sombra te miró, o eso sentiste, aunque no tenía ojos, y por primera vez comprendiste su propósito. No venía a atormentarte. Venía a devolverte algo que habías perdido.

Estoy listo —dijiste, sin saber exactamente para qué.

La sombra asintió. Y entonces dio un paso hacia ti. No para fundirse contigo. Sino para invitarte a seguirla. La sombra avanzó un paso más, y tú la seguiste. No porque te obligara, sino porque algo en tu interior, algo antiguo, algo que habías enterrado sin ceremonia, reconoció que ese era el único camino posible.

La calle por la que caminabais empezó a transformarse, como si el mundo se deshiciera en silencio. Las farolas se apagaron una a una. Las fachadas se volvieron borrosas, como si estuvieran hechas de humo. El suelo bajo tus pies dejó de sonar a piedra y empezó a sonar a madera. Madera vieja. Madera que cruje. Madera que recuerda.

Cuando levantaste la vista, ya no estabas en la calle. Estabas en un pasillo estrecho, iluminado por una luz amarillenta que no tenía origen claro. Reconociste el lugar al instante, aunque te habría gustado no hacerlo. Ese pasillo había sido testigo de una de tus decisiones más cobardes. Una puerta al fondo seguía cerrada, igual que entonces.

La sombra se detuvo frente a ella. No la tocó. No la abrió. Solo esperó. Tú sentiste como el corazón te golpeaba el pecho, como si quisiera escapar antes que tú. Pero la sombra no retrocedió. Y tú tampoco.

—No quiero entrar —murmuraste.

La sombra inclinó la cabeza. No se movió. Porque sabía, y tú también, que había llegado el momento. Con la mano temblorosa, tocaste el pomo de la puerta. Estaba frío, más frío de lo que debería. Lo giraste. La puerta cedió con un suspiro largo, casi humano.

Dentro de la estancia no había muebles. No había objetos. No había nada. Un eco de ti mismo. Una versión tuya más joven, sentada en el suelo, con la cabeza entre las manos. No te vio entrar, no podía. Era un recuerdo, pero también algo más. Era la parte de ti que habías dejado encerrada allí, esperando que el tiempo la borrara.

La sombra se colocó detrás de ti. Y por primera vez, sentiste su mano, una mano hecha de oscuridad, apoyarse en tu espalda. No para empujarte. Para sostenerte. Tu yo del pasado levantó la cabeza. Sus ojos estaban llenos de algo que habías olvidado: miedo, sí, pero también esperanza.

—¿Has vuelto? —preguntó tu recuerdo, con una voz que ya no recordabas tener.

Y tú, sin poder evitarlo, asentiste. La sombra dio un paso hacia adelante, colocándose entre ambos. Y entonces lo entendiste: no había venido a perseguirte. Había venido a reunirte contigo mismo.

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Escrito por
José María Ibáñez

Escritor e investigador de temas relacionados con los enigmas y misterios de la Historia. En la actualidad dirige y presenta el programa La Realidad Oculta en Radio Balear, colabora en esRadio Baleares con La Mano Negra, sección semanal dedicada a las crónicas negras, enigmas, misterios y curiosidades y dirige el blog de investigación La Realidad Oculta (balearoculta,blogspot.com). Ha publicado los siguientes libros: El Delfín y la Estrella. Vida de Antonio Ribera (Tot Editorial. Barcelona. 1995), Enigmas y Misterios. 13 Lugares Malditos (Es Ediciones. Madrid. 2009), 13 Profecías Ocultas (Es Ediciones. Madrid. 2009), Los Correctores del Destino, el rumor no siempre está equivocado (La Niebla Ediciones. Mallorca. 2011), en colaboración con Vicenç Zanón, Templarios en Mallorca (Ediciones Dédalo. Barcelona. 2013), en colaboración con Juan Manuel Ruíz Fernández, y La vuelta a Mallorca en 80 rutas (Editorial Gâlata Books. Mallorca. 2017), La vuelta a Mallorca en 80 rutas -Segunda edición, ampliada y actualizada- (Anima Ignis Ediciones. Madrid. 2021) y La Mano Negra (Anima Ignis Ediciones. Madrid. 2023).

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