Es mejor que te crea aunque solo sea un receptor, que contar con mil seguidores que no pasan de ser un número. La pérdida de credibilidad se agrava en el caso de los periodistas o comunicadores, lo sean de verdad o falsos mensajeros, pero alcanza ya a la mayor parte de la sociedad global. El boxeo alcanzó, hasta bien avanzado el siglo pasado, una popularidad caída en picado al ser pasto del poder del dinero que generó en amaños y feneció bajo las crecientes sospechas del tongo. El fútbol lleva el mismo camino, si es que no se ha adentrado ya en él.
En el Mallorca tenemos el ejemplo más cercano. Lo más preocupante de su situación es que nadie confía en las palabras de Alfonso Díaz, el CEO, Pablo Ortells, el director deportivo, o Andy Kohlberg, el presidente, sean cuales sean sus escribanos. Pero es mucho más grave lo que estamos viendo en el Mundial, porque no afecta a un solo club, sino a todo el fútbol en general, en sus raíces, en su esencia y en su razón de ser.
Cegado por su ambición, Gianni Infantino ha organizado ya no el peor espectáculo posible, en tanto en cuanto no hay quien se lo crea, sino tal intervencionismo en las reglas del juego, su aplicación y, finalmente, su pureza, que la incredulidad compromete, además de su mandato, el reinado del único deporte conocido capaz de reunir a su alrededor a las masas de todo el orbe.
Es la cámara en la oreja de los árbitros, que no sirve para nada; la discriminación de normas absurdas que, al amparo del respeto al tiempo de juego, se utiliza como arma desigual según convenga; el retraso de los jueces de línea para levantar su banderín con la excusa de permitir las revisiones del VAR, que, como todos los ingenios del hombre, se usa para manipular en lugar de ayudar. Lo acabamos de ver no solo con Argentina, que sí; basta repasar los arbitrajes sufridos por las selecciones invitadas a pagar, más que a participar. Y, lo más importante, el trasfondo que sugiere la llamada de Donald Trump para revertir la tarjeta roja a un delantero de los Estados Unidos, porque si eso sucede en las más altas instancias, imaginen lo que se cuece, demostrable o no, en las competiciones internas de cada país.
El presidente de la FIFA debe ser cesado de inmediato no solamente por su sumisión al magnate político, sino porque lleva demasiado tiempo sin ganar una sola batalla. Han tenido que ceder ante la Ley Bosman, se han opuesto a la influencia de los agentes o representantes que ellos mismos titulan y habilitan, se han rendido a la invasión de los fondos de inversión sin impedimentos ni fronteras después de calificarlos como sujetos de la corrosión. Iba a decir la corrupción, pero esta ya hemos visto por qué vías transita.
Se están cargando el fútbol. Lo que hay ahora no se parece en nada, pero entretiene aunque cada vez se lo traga menos gente. A este gato no lo mató la curiosidad, sino el más poderoso caballero.
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