Todavía guardo fresco en mi memoria el recuerdo imborrable de aquellas charlas filosóficas hasta altas horas de la madrugada, plácidamente sentados en aquel rincón olvidado del viejo barrio chino de la gran ciudad. El aroma a cerveza y aquel olor tan característico del tabaco de liar, impregnaban las paredes forradas de madera oscura de aquel viejo pub irlandés ya casi pasado de moda, donde acostumbraba a pasar largas, épicas e irrepetibles jornadas con mi amigo el fantasma borracho. Nadie recordaba cuando aquel pub abrió sus puertas, pero todos habían oído hablar de la leyenda del fantasma borracho que habitaba entre sus cuatro paredes.
Mi amigo el fantasma borracho, en vida, había sido uno de los clientes más fieles de aquel viejo pub irlandés. Era un marinero ya jubilado con más historias que dientes que contar y que jamás había dejado una jarra de cerveza sin vaciar. Cuando la muerte vino en su busca allí lo encontró, sentado en su rincón, en su mesa habitual y con la jarra de cerveza a medio apurar, mi amigo el fantasma borracho nunca tuvo la intención de marcharse tan precipitadamente.
Los dueños, empleados y clientes habituales con el tiempo aprendieron a convivir con él y sus circunstancias. El anticuado aparato de radio del local se encendía y apagaba solo mientras cambiaba constantemente de emisora. Los vasos tintineaban en los estantes sin que nadie los tocara. A veces, solo a veces, en el transcurso de aquellas noches particularmente solitarias y silenciosas se escuchaba la voz ronca y profunda de mi viejo amigo entonando aquellas canciones marineras por los rincones oscuros de aquel viejo pub irlandés.
Pero aquella noche fue diferente, todo cambió. El ambiente del local estaba más denso de lo habitual, más cargado de nostalgia, mezcla de olores a cerveza rancia y a tabaco de liar. Era como si mi amigo estuviera más presente que nunca.
Dicen que la culpa fue de un cliente distraído que olvidó la colilla sin apagar de su cigarrillo sobre una vieja y seca mesa de madera. El fuego se propagaría a una velocidad espantosa. Los empleados corrían, los clientes gritaban y en cuestión de minutos las llamas devoraron por completo el viejo pub irlandés.
Entonces fue cuando ocurrió lo inesperado, lo inexplicable. De entre las llamas brotó una figura tambaleante, era un hombre rodeado de espeso humo y luces danzantes, con una jarra de cerveza en la mano. El fuego no le quemaba y en lugar de huir, mi amigo el fantasma borracho alzó su jarra de cerveza mientras emitía una de sus roncas carcajadas.
Por supuesto que mi amigo no era simplemente un espectro errante; era la esencia misma de aquel viejo pub irlandés, una antigua alma aferrada a su rincón favorito de cerveza, tabaco de liar y canciones que ni la misma muerte había logrado apartar de su camino.
En vida había sido marinero, con la piel curtida por el sol y las historias talladas en su áspera voz. Decían que había visitado todos los puertos de todos los mares, pero nunca se quedaba demasiado tiempo en ninguno, hasta que llegó a aquel rincón olvidado del barrio chino de la gran ciudad. Allí se fusionó con el espacio y el tiempo, sentado frente a aquella mesa siempre con una jarra de cerveza en la mano y una historia que contar en la comisura de los labios.
Mi amigo no era hombre de familia ni de hogar, pero el viejo pub irlandés le había regalado lo más parecido. Cada cliente que entraba escuchaba atentamente de su boca algunas de sus pasadas aventuras sobre tormentas imposibles, tesoros escondidos y amores fugaces en tierras muy lejanas. A veces, solo a veces, nadie sabía si hablaba de la vida real o se trataba de alguna historia inventada entre jarras de cerveza.
Cuando los bomberos lograron sofocar aquel terrible incendio el pub ya estaba en ruinas. Pero entre los escombros, en lo que antes de aquel desgraciado suceso había sido la barra del pub, alguien encontró una jarra de cerveza vacía.
Desde aquella aciaga noche nadie ha vuelto a ver a mi viejo amigo, pero si alguna vez pasas por el lugar exacto donde un día estuvo aquel viejo pub irlandés, dicen, que aún se percibe en el aire aquel aroma de una buena jarra de cerveza y aquel olor tan característico del tabaco de liar. Y, además, no son pocos los que juran y perjuran que si prestas la más mínima atención puedes oír con claridad el choque de dos jarras de cristal, es el penúltimo brindis de mi viejo amigo el fantasma borracho.
Foto: José María Ibáñez.
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