Si no lo había hecho antes, el Mallorca sacó ayer billete para viajar a Segunda División en clase preferente. No era el momento para cambios de dibujo ni experimentos. Demichelis, probablemente más influido por las victorias del Levante, Sevilla y Espanyol que consciente de las limitaciones de los suyos, quiso apostar por la juventud, Orejuela, y la ciencia, Morlanes, Darder y Mascarell, con un cambio de dibujo, esta vez un 4-3-3, seguramente poco ensayado. La segunda aventura del técnico en la que remueve todo el equipo para suplir una baja, en esta ocasión la de Samu. No salió bien en Vitoria y aún peor en el Coliseum, donde Bordalás había estudiado bastante mejor a su invitado que el argentino a su anfitrión.
La presión adelantada que había concedido réditos en partidos precedentes la llevó a cabo el Getafe, que convocó con ella el fantasma de aquel equipo que dejó Arrasate. Pases horizontales sin objetivo definido para el fútbol combinativo que moría inevitablemente al alcanzar el círculo central después de interminables pases entre David López y Valjent, sin encontrar movimiento ni línea de pase para ganar terreno enemigo. Todos los duelos se tiñeron de azul hasta recordar lo fácil que es para cualquier contrincante batir la portería mallorquinista. Un problema, el del concepto defensivo, que el sustituto del de Berriatua en el banquillo no ha logrado inculcar desde hace ya 10 jornadas.
Con nada, los madrileños se encontraron con el lance decantado a su favor. Les bastó un poco más de intensidad, ninguna concesión y una idea precisa del trabajo colectivo e individual en medio del desbarajuste imperante en la escuadra balear: un flan en la retaguardia, ninguna creatividad en el centro del campo y un ataque anulado por las bandas y Muriqi, solitario, cual náufrago en el océano. Imagen evidente de un serio aspirante a Segunda División, cuyas costuras provisionales saltaron por los aires.
Si el comienzo había sido malo, los cambios empeoraron el paisaje. Con medio equipo de inferior categoría y relevos de alguna incluso de menor nivel, abrazar la permanencia sería un milagro indigno de la pésima gestión económica, social y deportiva, más pendiente del dinero y fiestas tan precipitadas como inoportunas, que han señalado la cuesta abajo.
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