Carambola aparte, solamente hay una y el improbable hecho de que se diera no cambia en absoluto la realidad, el descenso del Mallorca tiene su historia. No se la contará Arrasate, demasiado buena persona, ni Demichelis porque no le conviene si quiere quedarse. Aceptó lo que rechazaron otros aspirantes, solo tres meses de contrato, y agachará la cabeza si es necesario ante la evidente falta de ofertas. Al primero le engañaron y el argentino se ha dejado engañar.
La pérdida de categoría se empezó a gestar en el mes de enero, tal vez un poco antes, del 2025. Con la disputa de la Supercopa como punto de partida, la segunda vuelta del equipo anticipaba lo que estaba por venir. Se salvaron los muebles, como los del Espanyol este año, sin que Pablo Ortells, el director deportivo, influido por Alfonso Díaz, el financiero ascendido a CEO, quisiera analizar la decadencia de una plantilla gastada y muy veterana. Era y sigue siendo más importante el dinero que el fútbol, ignorantes de que es éste el que proporciona aquél.
Tan extraña filosofía indujo al primer error. Convenía apostar por Leo Román basándose en sus actuaciones en dos partidos, ante el Barça y el Madrid, pese a que el técnico apostó siempre por Greif. Tres millones pesaron más que el raciocinio, igual que un año antes otros ocho por Rajkovic deslumbraron a los acólitos del contable de Robert Sarver, el presidente Kohlberg.
La codicia rompe el saco. Intentaron colocar a Maffeo por encima de su caché hasta el último día del mercado para cubrir su baja con Mateu Jaume, que ya en la pretemporada dio muestras de lo poco que se podía esperar de él. Lo intentaron con Samu con el mismo resultado. No solo no saben comprar, sino que tampoco vender. Con el undécimo límite salarial de Primera División, por encima de los de Osasuna, Rayo o Getafe, por citar algunos, optaron por acudir a las rebajas después de agotar lo poco que habían reservado en los fichajes de Pablo Torre y Jan Virgili, este último de prisa y corriendo hasta apurar la tercera jornada de Liga. Así llegó Kumbulla, lesionado antes y después, porque el tercer central siempre había sido David López.
Del portero suplente, mejor no hablar. En Inglaterra, donde «Mr. Marshall» fue a dar lecciones de gestión recientemente repetidas en Palma, todavía se ríen del hábil sujeto que logró deshacerse de Bergstrom, un chaval de 21 años sin la menor experiencia ni currículum. Nadie quiso caer en la cuenta de que Raíllo tenía un año más y su constitución ya había advertido de la probabilidad de sus recaídas, edad incluida. Mientras Jagoba evitaba quejarse en público, buscaron otra cesión y el bombo le tocó a Mateo Joseph, que no es ni extremo ni delantero centro, sino todo lo contrario. El objetivo no fue confeccionar un plantel, sino rellenarlo. Una política repetida en enero con Kambula Jr., una broma, y Luvumbo.
En el interín, la bomba incendiaria lanzada por Dani Rodríguez hacía añicos un vestuario cosido con pinzas. El entrenador tuvo que imponer su autoridad y dar la cara, mientras en las oficinas se tejía la venganza por sus protestas debidas al trato recibido en Arabia por familiares y expedicionarios. Prolongar la situación no evitó que el veneno se filtrara por las rendijas. Pasaron meses antes de pactar una salida bajo pertinente cláusula de confidencialidad.
Las prestaciones de Lato, Antonio Sánchez, Abdón o los cedidos Jan Salas y Marc Doménech, de escaso rendimiento en sus destinos, no merecieron la menor revisión. Tampoco el nivel de Asano, cuota obligatoria para mantener al patrocinador japonés. La mala suerte estaba echada en idéntica medida a los oídos sordos ante las reivindicaciones de futbolistas de medio pelo utilizados para otro tipo de menesteres, caso del de Artá, adorado por la afición despreciada. No entremos en detalles.
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