Todos los caminos conducen a Roma, en este caso a la planta innoble; sin embargo, merece la pena descender al sótano antes de subir al piso más elevado.
Si confeccionas una plantilla de 25 jugadores de la que un tercio carece de argumentos para jugar en Segunda y otros tantos para hacerlo más allá de Primera Federación, sin olvidar que tu filial, cantera de futuro, ha militado en Regional Preferente, se llame como la quiera llamar Rubiales, lo normal es que no te mantengas en Primera.
Esto lo sabía Arrasate al término de la temporada 2024-25 y lo dejó caer en la rueda de prensa de cierre con la esperanza de regresar de vacaciones después de un buen mercado de invierno y encontrar mejor ambiente y equipo de los que había dejado. Sucedió todo lo contrario y en el pecado de su silencio cómplice halló la penitencia de su despido procedente. No lo merecía como persona, pero sí como entrenador incapaz de cohesionar y dominar al grupo.
El partido disputado, aunque no competido, celebrado en Balaídos frente al Celta de Vigo, el peor local de la temporada, fue la espoleta que encendió la ira del presidente Kohlberg, a quien, en acto de servicio, el director deportivo, Pablo Ortells, quiso más tarde desbancar de la decisión de prescindir de Jagoba. Pero ¿fue muy distinta la actitud de los jugadores aquel día de la que han mostrado recientemente en Getafe y el Ciudad de Valencia? No, la misma o peor.
Demichelis, sin conocimiento de la liga española ni consciencia alguna de la personalidad de los futbolistas que iba a entrenar, aceptó a ciegas un contrato de solo tres meses que García Pimienta, García Plaza o Quique Sánchez Flores descartaron sin más. Elemental, querido Watson. Tras presenciar desde la grada la derrota en Son Moix ante una Real Sociedad tan apática como lo estuvo en Sevilla, debutó en Pamplona, la primera de doce jornadas en las que, por momentos, parecía reafirmar el timón de la nave que, pese al puntual despertar de Pablo Torre y la velocidad sin técnica de Luvumbo, contrapuestos a la decaída de Jan Virgili, ahora en la agenda del Betis para paliar la baja de Abde, ha perdido en el instante clave.
En tres meses no hemos escuchado de su boca una sola autocrítica. Por el contrario, sus primeras palabras tras la debacle del pasado domingo fueron para ofrecerse de nuevo y tendrá que ser a la baja en consonancia con la política del club. Poca modestia, desencuentros aparte con jugadores y periodistas. Ni un solo gesto que haya mostrado una mejoría de los defectos groseros de este equipo sobrevalorado por la conveniencia de quien lo planificó y sentenciado sobre el terreno de juego.
Pleno al 15. 15 puntos, 15 goles a favor y 15 en contra. Descendamos al detalle: cuatro como producto de fallos groseros, más uno sin consecuencia de gol (Mascarell en Elche, Leo Román en Getafe y Girona, David López contra el Levante y Mateu frente al Villarreal). Tres en córners mal defendidos: en Vitoria, ante el Madrid y de nuevo frente al Levante. Cuatro en centros mal defendidos desde los laterales: Osasuna, Valencia en Palma, Elche y Getafe. Dos con pérdidas en zonas de peligro: Espanyol y Pamplona. ¿No han servido los entrenamientos para corregir tales anomalías o sencillamente se han destinado a otros menesteres?
«No he venido para agradar, sino para ganar». Pues ni una cosa ni la otra, amigo. ¡Buen viaje! ¿O es que Mr. Kohlberg solo se enfada cuando ha tenido un mal día en la oficina?
Cargar contra los jugadores, sean buenos, malos o regulares, es lo fácil. La mayoría hace cuanto puede y sabe. Después de 37 jornadas, la clasificación les pone en el puesto que les corresponde. La culpa no es suya, sino de quien los fichó. ¿Quién mató a Fuenteovejuna? ¡Todos a una, señor!
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