Pasado aquel espeso bosque, se yergue, majestuoso, aquel sanatorio olvidado edificado en lo más alto de la colina. Su arcaica estructura desgastada por el tiempo actúa como fiel y silencioso testimonio de sus años de abandono y sufrimiento. Los pocos habitantes que quedan diseminados por los alrededores evitan pasar por sus cercanías, ya que las terribles historias que rodean al sanatorio son tan oscuras como la misma noche.
Me dicen que, durante la década de 1920, el sanatorio albergaba a pacientes con graves enfermedades mentales. Su director, un afamado médico psiquiatra venido a menos, era desgraciadamente muy conocido por sus métodos nada ortodoxos y los crueles e inhumanos experimentos a los que sometía a sus pacientes. Los rumores sobre las extrañas desapariciones de algunos pacientes y los gritos y lamentos que se escuchaban durante las noches, solo añadían más dosis de horror a la mala reputación que ostentaba aquel maldito lugar.
Me cuentan que, una noche cualquiera, un grupo de inseparables amigos, dos chicos y dos chicas, desafiando las advertencias de alguno de los pocos habitantes que quedan diseminados por los alrededores, deciden explorar el ahora abandonado sanatorio. Se adentran en el edificio. La atmósfera que se respira es sofocante y el silencio solo queda interrumpido por el crujido de sus pasos sobre el viejo y desvencijado suelo de madera.
Mientras recorren el pasillo principal, observan que las paredes están sucias y cubiertas de marcas que parecen arañazos, como si alguien hubiera intentado escapar desesperadamente de aquel lugar. El aire está impregnado de humedad y un fuerte olor a descomposición.
El grupo, para conseguir cubrir más espacio, decide dividirse. Una de las parejas se dirige hacia el este, mientras que la otra se desplaza al ala oeste. Mientras transita por un estrecho pasillo de la zona este del edificio abandonado, la chica percibe un extraño balbuceo. Pensando que, en realidad, debe tratarse de una broma de su acompañante, gira la cabeza hacia él, que, paralizado por el miedo, señala con la mirada una puerta situada al final de aquel estrecho pasillo.
La puerta permanece entreabierta y una tenue luz emana de su interior. Con el corazón acelerado, la muchacha la empuja suavemente y lo que ve la deja apenas sin aliento. La estancia está llena de oxidadas camillas y obsoletos equipos médicos, pero lo más aterrador es la fantasmal figura de un hombre vestido con una bata blanca; el antiguo director del sanatorio que les observa con una perturbadora sonrisa dibujada en aquella arrugada cara.
De repente, las oxidadas camillas empiezan a moverse como interpretando una danza infernal, mientras los terribles gritos y alaridos de antiguos pacientes rechinan por toda la estancia. La joven pareja, aterrorizada, regresa corriendo al lugar donde se encuentra el resto del grupo. Al reunirse con sus amigos, todos perciben aquellos horribles lamentos y aquellas misteriosas sombras reflejadas en las paredes.
Los cuatro jóvenes deciden que ya ha llegado el momento de abandonar el sanatorio, pero, al alcanzar la salida, la puerta principal está cerrada por un oxidado candado. La desesperación se apodera de las dos parejas de amigos, que empiezan a golpear fuertemente la puerta, pidiendo ayuda. Justo cuando ya se han convencido de que no tienen escapatoria, la puerta de abre sola de par en par y todos huyen precipitadamente de aquel majestuoso sanatorio olvidado, y edificado en lo más alto de la colina.
Desde aquel día, ninguno de los cuatro amigos aventureros, ha osado comentar lo más mínimo sobre lo sucedido, aquella noche, entre las cuatro paredes de aquel abandonado sanatorio situado en lo más alto de aquella colina.
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